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El periodista de origen húngaro Arthur Koestler observó que el combate entre el populismo y la democracia no se juega exactamente voto a voto, sino en la confrontación entre una batería de convicciones engañosas y unos principios más débiles e inseguros pero verdaderos. Las convicciones populistas se nutren de la mentira y del sentimentalismo, y prosperan en un mundo que se encierra en sí mismo. Los principios democráticos, en cambio, se asientan en las sociedades abiertas, a pesar de que nunca pueden presentarse como certezas absolutas, plenas, indiscutibles, sino tan solo relativas y parciales. El populismo juega al ataque; la democracia, a la defensiva precisamente porque carece de respuestas concluyentes. En el populismo se masca la tensión no resuelta entre la degradación social y un Estado ideal; la democracia, en cambio, sólo avanza lentamente, peldaño a peldaño, a partir de la enfangada realidad de la condición humana.

Daniel Capó en El Subjetivo

 

 

 

 

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 El juego consiste en atribuir simpatía por el terrorismo a las víctimas de una y otra ilustración y ver si los textos encajan. (Forgesing a El Roto/Giovanini)

 

 

 

 

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Las investigaciones que desde hace años desarrolla el americano-israelí Dan Ariely nos ofrecen una pista al respecto: resulta que, por sorprendente que pueda parecer, basta con recordarle a la gente sus deberes, o hacerles firmar o prometer que los cumplirán, para que de hecho la gente los cumpla mucho más. Los seres humanos no somos solo máquinas egoístas a las que únicamente importa sacar tajada. Lo que desvelan tanto Bowles como Ariely es que somos también personajes a los que nos gusta contarnos historias sobre nosotros mismos, y una de esas historias que nos gusta es vernos como personas fiables, como gente que cumple con sus deberes, como individuos que merecemos el aprecio de los demás. Aristóteles ya se dio cuenta, hace casi 2.400 años. Quién sabe, tal vez un día, en algún programa televisivo de alta audiencia, haya que dejar algún espacio a este viejo filósofo griego, junto naturalmente a los politólogos y economistas de rigor.

Miguel Ángel Quintana Paz en El Subjetivo

 

 

 

 

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Los pinceles del maestro Leonard Giovannini han capturado el momento en que, para asombro del tribunal, es retirada la túnica que cubría la cegadora hermosura del exconsejero. Ecce Homs! parece exclamar el expresidente; Jo sóc Catalunya, musita pudorosamente el Sabio de Taradell. ¿Hacen falta más pruebas exculpatorias? ¿No es suficiente testimonio la mera presencia de esta criatura, encarnación de la Sabiduría y la Belleza y aun de Cataluña misma? ¿Se atreverán los jueces a destruir la Perfección? (Jean Léon Gérôme/Giovannini)

 

 

 

 

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Sé fuerte, Quico

 

 

 

 

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El problema catalán tiene todas las características de una pesadilla recurrente que al español medio le produce ese mecanismo psicológico de defensa que opera por medio del olvido. Los políticos españoles también quisieran olvidarlo, y se inclinan por la conllevancia orteguiana. El catalán, dijo Ortega y Gasset en las Cortes de 1932, «es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar». Pero hasta la conllevancia tiene un límite: cuando el niño malcriado se crece ante la paciencia de los progenitores y se les sube a las barbas y destroza el mobiliario, demandando más atención y más dinero, los progenitores hispanos tendrán que decir basta en algún momento para que no siga el destrozo y el despilfarro.

Gabriel Tortella en El Mundo

 

 

 

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Septiembre, el mes de los ungidos. Los padres extienden el ungüento por el rostro, los maestros lo aplican en los rincones libres del alma y detrás de las orejas… ¿Ungidos? Dado que la unción se realiza en nombre de una ideología extremista, sería más apropiado referirse a ellos como los extremoungidos. Y lo toman por un bautismo. (Alex Colville / Giovannini)
 

 

 

 

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Un forgesing a El Roto de ayer (Giovannini)

 

 

 

 

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Colau y el credo nacionalista

 

 

 

 

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En verdad el acuerdo [de Colombia] es un mal menor, pero éso no lo convierte en un bien. Lo triste es que las fuerzas democráticas no han logrado derrotar a los terroristas, a pesar de lo mucho que logró debilitarles el denostado presidente Uribe (eficazmente ayudado por su ministro Santos). Y éso es lo que invalida cualquier paralelismo sectario con el caso de ETA, porque aquí afortunadamente el terrorismo sí ha sido vencido policial y jurídicamente, pese al “empate infinito” pronosticado por algunos. Y lejos de haberse aprovechado tal victoria para imponer inflexibles condiciones draconianas, los políticos proetarras ocupan su espacio parlamentario, no sin malestar razonable de bastantes y sin haber condenado nunca explícitamente la lucha armada. La candidatura de Otegi no la ha impugnado Rajoy ni el sentido común, sino los jueces que aplican leyes. Y dicho sea de paso, sin que Euskadi haya ardido por ello más que de costumbre. A ver si el ejemplo sirve de guía a la hora de aplicar la legalidad en Cataluña…

Fernando Savater en El País

 

 

 

 

 

Sabotaje

 

 

 

 

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Sestear

 

 

 

 

En estas elecciones vascas el PP no debería tener como primer adversario al PSOE y lo mismo podemos decir al revés; en el País Vasco necesitamos expresiones de la política constitucional diversas y fuertes a la vez que recojan y mantengan el recuerdo veraz de lo que ha sucedido, desde luego sin un ímpetu vengativo para golpear al contrario, sino con la voluntad de que no vuelva a repetirse el pasado y también, razón de suma importancia, para cualquier negociación con los nacionalistas que será de política con mayúsculas. Cada uno de los muchos nombres que tenemos en el recuerdo y desgraciadamente no están con nosotros sería un motivo suficiente para apoyar, desde nuestras diferentes perspectivas, a los representantes del PSOE y del PP vasco en estas elecciones autonómicas y olvidarnos de las mezquinas diferencias que, originadas fundamentalmente en la política nacional, les han debilitado hasta situarles en una posición adjetiva en sus respectivas organizaciones (al fin y al cabo el número de diputados para el Congreso es muy reducido) y en una posición ancilar respecto al nacionalismo, primero en la comunidad autónoma y ahora en la política nacional.

Nicolás Redondo Terreros, hoy en El Mundo

 

 

 

 

 

La rebelión contra la Ley del PNV

 

 

 

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La deriva independentista que empezó a fraguarse en 2009 y eclosionó en 2012 ha tenido al menos la virtud de deshacer el equívoco de que la Diada, que nunca ha sido más que un aquelarre supremacista, sea percibida como el día-de-todos-los-catalanes. Aun así, ni siquiera los partidos de obediencia, je, española, como es el caso de Ciudadanos, se han sacudido los complejos. No en vano, quienes pusimos nuestro grano de arena en construir ese partido, lo hicimos, entre otras razones, para dejar constancia de que en días como el de ayer no tenemos nada que celebrar. Ciudadanos, en cambio, dio una comida popular en un pueblo de la costa. Una comida popular, han leído bien, en un pueblo de la costa. En nombre de qué, es una pregunta que ningún votante naranja sabrá responder sin conculcar el ideario de la formación

José María Albert de Paco en El Mundo

 

 



Albert Boadella. Contra toda estupidez. De José Luis López Linares. (Ver acto de homenaje y película)