Crónica de José María Albert de Paco para Libres e Iguales

Que un periodista de Barcelona cubra un acto en Madrid debió de ser habitual hace unos años, cuando España aún no estaba cuarteada en negociados y cualquier suceso era susceptible de una cierta literatura del asombro. Hoy los madrileños hablan de Madrid, los barceloneses de Barcelona y todos de Cataluña. El desistimiento del Gobierno respecto al Procés, en efecto, no tuvo en cuenta que Cataluña es un trending topic enteramente español. De ahí que esa atonía fuera tanto más horrísona. La plataforma Libres e Iguales se constituyó precisamente para azuzar la réplica española al populismo y sus terminaciones nerviosas. Anoche, en el teatro Calderón, Libres e Iguales entró en campaña para reivindicar el gran pacto español, esto es, para recordar a PP, PSOE y C’s que tienen la obligación moral de formar un gobierno que no aboque a España a un cambio de régimen. No es tarea fácil. Por la mañana, el líder del PSOE, Pedro Sánchez, había dicho no sé qué de que el comunismo merece respeto por sus muertos. Y no, no se refería a los Veinte Millones. Por lo demás, pronto hará un año de aquellas palabras de Cristina Cifuentes, en que afirmaba el respeto que profesaba a sus amigos comunistas y sus ideas. Curiosamente, sólo Iglesias, el comunista oficial de El Gato al Agua, se ha desprendido de ese atributo. Como se desprendió de la pulsera venezolana y el adhesivo de Syriza.

En la puerta del Calderón coincidí con Andrea Mármol y Verónica Puertollano. Verónica ha ido afinando su instinto para sobrevivir a lo que conllevan estos montajes. Tanto es así que no era ayer una mujer al borde del ataque, sino una anfitriona esplendorosa. Hace 10 años, tal vez 11, me recibió en la puerta del Tívoli, en Barcelona, para un acto de idéntica naturaleza. Entonces era Miss Moneypenny y hoy es una émula de Phil Spector. En el patio de butacas debía de haber unas 1.200 personas y en la calle otras 500, lo que, durante la cena posterior, llevó a los organizadores a sopesar la idea de trasladar la siguiente función, sea cual sea, a un pabellón. No cuajó. Sobre todo porque, como apuntó Cayetana, lo que se dice en un teatro no tiene nada que ver con lo que se dice en un pabellón. El primero propicia la sutileza y el segundo el griterío, el primero el contrato y el segundo la trapisonda. A un teatro, en fin, van personas, mientras que al pabellón va la gente. En la platea, el señor que tenía detrás había dejado en el aire un suspiro hamletiano. «Y la gente que no somos gente, ¿qué tipo de gente somos?». Fue un segundo antes de que se apagan las luces, se alzara el telón. Sobre el escenario, un elenco de 27 actores aguardaba a que el violín de Elena Mikhailova apagara su gemido.

Lo que siguió fue una antología de duetos inverosímiles, donde ya la mezcla de lozanía y madurez entrañaba una solemne provocación. El verbo enardecido de Roberto Blanco Valdés, la docta pedagogía de Francisco Sosa Wagner y el discurso electrizante de Federico Jiménez Losantos se cobraron el contrapunto en la radiante dignidad de Paula Baena Velasco, el grácil español de Laura Fàbregas y la palabra animosa de Andrea Mármol. Y cuando la jota de Rodolfo Martín Villa (han leído bien, la-jota-de-Rodolfo-Martín-Villa) parecía un hito insuperable, Emilia Landaluce, transmutada en Jane Birkin, humedeció el teatro entre vivas a la Constitución. Aunque para ángulos insospechados, el de Jorge Bustos, quien ya no debería hacer otra cosa que escribir diálogos para Victoria Vera. En puridad, no obstante, sólo hubo una pieza teatral: la que representaron Arcadi Espada y Verónica Puertollano, y que trataba ¿lo adivinan? Exacto, sobre la verdad. O más exactamente, sobre el making of de la verdad.

En el discurso con que Cayetana abrochó el acto, Antonio de Senillosa se hizo carne en el Calderón y su célebre «¡Viva el centro!» encontró, tantos años después, su pleno sentido en la noche madrileña. En pie: «La política ha de organizar la vida de los ciudadanos de un modo limpio, transparente y hasta humilde. Como el estilo organiza el texto».

Por último, y para quienes (se) pregunten para qué sirve «todo-esto-de-Libres-e-Iguales», tengo una respuesta. Anoche, Libres e Iguales alumbró un nuevo símil con que aludir a la democracia (democracia sin adjetivos, como Rafael Latorre se ocupó de recordar). Democracia es la posibilidad de que Albert Boadella aleccione a todo un ex ministro de Gobernación acerca de cómo debe entonarse una jota. El ex ministro de la poli, ajá, a las órdenes del cómico que desafió al franquismo. Y obedeciéndolas.