Captura de pantalla 2014-08-31 a la(s) 18.31.24

La competencia política agrava la patología. Como nadie gana elecciones paseando malas noticias, las burbujas financieras se disimulan, el nacionalismo nos acerca a las puertas del drama y los desbarajustes ambientales se ahondan. La democracia participa de lo que Taleb llama ingratitud hacia el héroe silencioso: “Todo el mundo sabe que es más necesaria la prevención que el tratamiento, pero pocos son los que premian los actos preventivos”. Se reclaman más competencias para la propia autonomía, aunque se sepa que, a medio plazo, los problemas aumentarían, comenzando porque las competencias, generalizadas, se esfuman como poder efectivo. Al final, se vacían de poder las instituciones, las centrales y las locales. En esas circunstancias, la proliferación de “naciones autonómicas” es algo más que simple majadería: la marca “nación” es un bien posicional; esto es, vale mientras otros carecen de él. Además, la miopía encuentra el terreno abonado en el hecho de que los problemas, en su mayoría, no son cuánticos, como la ruptura de un vidrio, en un instante, sino continuos, como se rompe una cuerda fatigada por el roce, como el desgaste del ruido de la vida, como muere el amor. En el entretanto, los ciudadanos optan por el ilusionismo y se culpa por elevación: la casta, el sistema, el heteropatriarcado, los extranjeros, Europa, Madrid… Vamos, a nadie. Rueda el mundo y el que venga que arree.

Félix Ovejero en El País