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Ser antinacionalista en España es ser muchas cosas, y todas eminentemente prácticas. Una especie de cosmovisión inversa. Para empezar, ser antinacionalista es tener un punto de vista tajante sobre la desigualdad. El aumento o no de la desigualdad es un asunto debatido en medio mundo, en el medio mundo que puede permitírselo, por así decir. Pero no hay dudas, ni académicas ni políticas, de que la reivindicación nacionalista en España es básicamente una reivindicación de los ricos frente a los pobres. El “Espanya ens roba” que pusieron en circulación como banderín de enganche fetén los nacionalistas puede traducirse sin aparatosidad ninguna como “Los pobres españoles nos roban”. Un lema aún más inmoral cuando se recuerda hasta qué punto la prosperidad de los territorios nacionalistas se debe también al trabajo de millones de españoles inmigrantes, cuya parte de soberanía sobre el territorio que quiere independizarse es bastante más que simbólica. Cualquier concepto de la solidaridad entre ciudadanos derrapa gravemente ante el acoso nacionalista, y este es el más grave de los problemas que debe soslayar la improbable, pero real, izquierda nacionalista.

Arcadi Espada en El Mundo