Patria [de Fernando Aramburu] tiene también otro protagonista. O esa fue mi conclusión al cerrar el libro y colocarlo amorosamente en la estantería junto a Vidas Rotas. Ese protagonista es el Estado ausente. No el Goliat contra el que clama, pura halitósica hipocresía, el cura don Serapio. Tampoco el que irrumpe en la trama, abusivo y traidor a su mandato. El Estado como expresión de una nación constituida. De una comunidad democrática fundada en un acuerdo blindado a las saludables discrepancias ideológicas. Que comparte memoria y voluntad. Y cuya eficacia no es únicamente policial, sino también pedagógica y moral. Ese Estado no aparece en Patria. Ni tampoco hoy en Alsasua, donde una víctima, Consuelo Ordóñez, ha tenido que asumir la responsabilidad del héroe porque los gobiernos no han asumido la suya. ETA ha sido operativamente derrotada. Pero el odio, el matonismo, la ignorancia y el proyecto político identitario que asesinaron al Txato siguen ahí. Y siguen ahí porque no los hemos combatido. Ni siquiera lo hemos intentado.

Cayetana Álvarez de Toledo, hoy en El Mundo